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Los clientes.
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Están
muy informados sobre lo que compran. |
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Tienen
cambios constantes en sus motivadores de compra. |
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Desean
que sus expectativas sean comprendidas, satisfechas y rebasadas. |
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Son
exigentes y cautelosos, principalmente con su dinero. |
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Tienen
muchas alternativas para comprar. |
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Tienden
a no ser fieles a un proveedor y/o una marca. |
Las
empresas.
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Las decisiones son más bien dictadas -con razón o
sin ella- por los líderes, quienes se concentran en la inmediatez provocada por una
mentalidad económico-administrativa. Así que a veces se gestiona lo incorrecto, con
todas sus consecuencias. Esto puede ser difícil de aceptar. |
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No aprovechan el talento debido a que no existe una
cultura de las fortalezas. Esto implica el que algunas personas no deberían de estar
ahí, y que otras deberían realizar aquel tipo de trabajo que mejor pueden hacer, en
lugar de obligarlos a realizar tareas que no concuerdan con sus verdaderas capacidades. |
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Se focalizan solamente en vender, no hacen esfuerzos
para desarrollar la lealtad de los clientes. |
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Atacan los efectos, no las causas de los problemas.
Una situación de caos y de urgencia impide percibir que la mejora continua -la verdadera-
se produce solo cuando se enfrentan los hechos desnudos. |
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No vigilan los cambios en el entorno o no lo hacen
adecuadamente. |
La
situación.
Es crítica y
pone en riesgo la permanencia de los negocios -esto también puede ser difícil de
aceptar-. Se percibe la necesidad de actuar para llevar a la empresa a un estado que le
permita avanzar. Y es que, para como están las cosas ahora y ante las perspectivas de
mayor gravedad, pensar en mantenerse podría resultar desde insuficiente hasta
verdaderamente peligroso. |
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